domingo, 10 de mayo de 2015

NAICIÑA, HEROICA MULLER (poesía)

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NAICIÑA, HEROICA MULLER.


Naiciña, heroica muller.
É señora e é labrega
que cultiva horta e casa.
Non hai hacha que non parta,
nin parede que non levante.

Naiciña, heroica muller.
Que atopa auga na sequía
e alimento no deserto.
Sorriso do rostro quebrado,
alento da forza esvaecida.

Naiciña, heroica muller.
Fábrica de ledicia,
Volcán de sabiduría.
Hombreiro no que chorar,
Orellas para lles contar.

Naiciña, heroica muller.
Amante dos que ama,
Rival dos que lle atacan.
Confidente de segredos,
Fronte e retaguardia.

Naiciña, heroica muller.
Deusa do cativo,
Rival do adolescente,
Exemplo do adulto
E lenda do ancián.

Naiciña, heroica muller.
Mestra, médica,  psicóloga,
Profeta e Estrela Polar.
Tesouro que as de atopar
Sen tempo que esperar. 

(Miguel Ángel Suárez Rodríguez)

EL MENSAJE DE RODRIGO (prosa)



(mi primera publicación)

EL MENSAJE DE RODRIGO (págs. 82-83)
(II CERTAMEN DE MICRORRELATOS CIUDAD DE A CORUÑA. 2014)

Desde la torre vigía, el soldado que custodiaba las murallas gritó desgarrándose la garganta:
-          ¡Ya viene! ¡Ya viene!
Los habitantes de la ciudadela, que estaban pendientes de nuevas noticias, se asomaron entre las almenas.
En el horizonte y saliendo de entre los árboles del bosque se adivinó entre la niebla matinal, cabalgando hacia el castillo, la silueta de Rodrigo, el emisario que había partido al alba.
Rodrigo no contaba con más de quince años, pero el deseo de servir a su Rey y defender sus tierras lo habían llevado a formar parte del ejército; igual que lo había hecho su padre y anteriormente su abuelo.
La noche previa no pudo pegar ojo. Las cosquillas en el estómago avisaban del gran paso que suponía la misión encomendada.
La distancia entre el bosque y la muralla se hacía interminable.
La alegría de los rostros lugareños que adornaban las murallas afloraban.
El ejército que se había vestido con atuendos de guerra relajó sus armas.
El Rey vistió su capa, colocó su corona y salió a recibir las noticias del joven mediador.
Los custodios del acceso a la fortificación subieron el enrejado y abrieron el portalón para dejar vía libre a jinete y corcel. Nada más entrar, los guardias advirtieron de sangre, no poca, en el costado de Rodrigo.
Una línea sin fin de guerreros a caballo asomó por el horizonte del que había salido poco tiempo antes nuestro emisario.
Con el último aliento que quedaba en sus pulmones y deteniéndose a los pies de su Rey, Rodrigo solo acertó a balbucear:
-          Majestad, las negociaciones han fracasado. La batalla es inminente…